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En los últimos tiempos hemos visto un proceso evolutivo en las sesiones de Ciclo Indoor con la integración de los potenciómetros en las instalaciones y la formación de los instructores para unas bases de trabajo con las mismas. Además de ofrecer valores más exactos y fiables respecto a otras formas de medición del esfuerzo (como puede ser el pulsómetro que, ojo, tampoco estamos diciendo que no sirve), también tiene un elemento diferenciador clave: Están insertados en la bicicleta y el cliente no tiene ni que comprarlo ni que traerlo, a diferencia de su gran antecesor.

Sin embargo, a fecha de hoy encontramos dos limitantes obvios y claros en el día a día:

  • Muchas de las instalaciones no presentan esta tecnología. Es más, existe un salto claro a las instalaciones en medianas y grandes ciudades, donde la competitiva de los centros deportivos prácticamente obliga a ponerlas, con las localidades más pequeñas. Igualmente, muchas instalaciones pueden ofrecer modelos antiguos de potenciómetro (como las antiguas Keiser M3, prácticamente pioneras, aunque no es que sea exactamente un potenciómetro lo que integran en sus ya veteranos diseños, otra cosa son las nuevas), como puede ser el caso sin ir más lejos de mi instalación.
  • Y por otro, no la maquinaria, sino el cliente. El ciclismo de carretera tiene una definición muy clara (y un tanto despectiva) hacia el ciclista casual, de paseo o poco exigente-comprometido con la actividad: “Globero”. Aunque en los gimnasios no estén bautizados, tenemos todos claro que puede existir este perfil, incluso en mayor número y nivel de atención (sin valorar ya la condición física), que cae especialmente los meses antes de verano y en el otoño entrante. Es más, ya no es que este cliente vaya a hacer una prueba de esfuerzo o de zonas de potencia (la que sea), es que seguramente ni las conoce ni quiere que le marees con eso.

Así que vamos a enumerar algunos aspectos compartiendo nuestra experiencia para intentar aproximar el trabajo de última tendencia (con unos avances que acercan formas de entrenamiento muy profesionales prácticamente a cualquier usuario) a unos niveles más terrenales. Y ojo, si estás en una instalación que trabaja los vatios a diario y con información y formación a los clientes, perfecto. Es lo que debería y ojalá en breve lleguen muchas más instalaciones a ello.

Veamos:

  1. Trabaja y educa a tus clientes mediante escalas subjetivas. Primero, porque ya son varias las investigaciones que han dejado claro que un RPE, eso sí, trabajado y repetido con regularidad, a poco que el cliente tenga experiencia puede ser incluso más fiable que un pulsómetro. Tanto podemos estar hablando de una escala 0-10 (la original de 6-20, aunque haga referencia a las pulsaciones yo personalmente la encuentro algo liosa) como incluso de definir de forma subjetiva las 7 zonas de entrenamiento por potencia que se trabajan actualmente en lugar de las clásicas 5 del entrenamiento cardiovascular clásico. Enlazamos con el siguiente punto.
  2. Orientar en las zonas de trabajo y esfuerzo de forma actualizada. La nueva clasificación de las zonas de trabajo creo que corrige uno de los puntos donde más flaqueaban las zonas “cardio” de toda la vida: La falta de definición y exactitud en el entrenamiento predominantemente anaeróbico. Ya sólo con la definición encontramos el primer error que hemos hecho todos (hablar de aeróbico y anaeróbico como si fuera un escalón, un interruptor o un “blanco-negro” cuando en realidad se trata de una escala de grises y, por otro, de que las zonas a niveles bajos de esfuerzo sí pueden ser amplias, pero en niveles elevados necesitamos mucha más concreción: En esfuerzos máximos o submáximos, 3 pulsaciones por minuto o 10 vatios son importantes, cuando vamos a trote cochinero, no tanto. Por lo tanto, aunque sea de forma orientativa, no es lo mismo un esfuerzo de 10 segundos que uno de un minuto.
  3. Deja zonas donde el alumno pueda rodar más liberado. Normalmente en las de máximo esfuerzo y las de recuperación. Tanto porque sabemos que los clientes que no hacen sesiones con regularidad se les puede ir la mano por arriba o, también, pegarse la clase de paseo, pero, sobre todo, tenemos que ser muy conscientes de la heterogeneidad de muchos de los grupos con los que trabajamos y que ello está en aspectos muy visibles (como la edad o la composición corporal) y otras que no tanto. Y es que, por poner un ejemplo, encontramos que la cadencia eficiente para rodar a intensidades máximas puede tener una variación interindividual importante. Tal vez en esos momentos hay que olvidarse un tanto de ir todos al ritmo de la música, que total, las bicis son estáticas y no se van a chocar.
  4. Programa las clases con estructuras más fijas en niveles iniciales y más variadas en avanzados. Y sí, lo del principio de la variedad del estímulo lo sabemos. Pero si trabajamos con niveles iniciales (y hay gente que igual lleva 20 años siendo principiante, ojo con esto), necesitaremos estructuras de sesión que, además de útiles, el cliente sepa identificar y que se acostumbre rápido a tener cierta intuición y conocimiento de lo que viene: Picos de intensidad, recuperaciones, trabajos en bloques largos, cortos, etc. Como decimos siempre, existen sesiones que durante meses están haciendo casi de forma idéntica la misma sesión y funcionan de maravilla.
  5. Y por último, ten claro lo que vas a hacer durante la clase… Y un plan B. Sí, ten claro lo que vas a hacer. ¿Suena obvio? Pues no me tires de la lengua, que tú y yo hemos visto cosas. Por último, sobre todo en etapas del año como esta, tira más bien un poco por defecto que por exceso, por aquello de no generar traumas el primer día o, si quieres apretar, ten algún recurso por donde salir si ves que se te ha ido la mano (comprensible, que nos puede pasar a todos).

Así que nada, aprovechemos lo que tenemos, tanto materialmente como a nivel humano que, por supuesto, siempre tenemos cosas por donde ofrecer el mejor servicio posible. Nos vemos!

 

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